Ubicado al fin del mundo en la asombrosa Patagonia chilena, el Parque Nacional Torres del Paine, declarado como Reserva de la Biósfera por la UNESCO y la 8ª Maravilla, es un mundo de contrastes únicos. Sus montañas en forma de torres ocultan lagos color turquesa, bosques de hojas perenne e inmensos campos de hielo.
Los glaciares de la Patagonia han ido moldeando
paulatinamente el escarpado paisaje con el pasar de millones de años, avanzando
lentamente desde Campos de Hielo Sur que bordea el parque hasta el noroeste. Es
la parte más grande de capas de hielos de la Patagonia que originalmente cubría
todo Chile meridional. Este proceso de erosión glaciar es evidente dondequiera
que mires, ya sea en sus profundos valles, en los lagos glaciares de color
turquesa, en los glaciares que cuelgan de las cumbres puntiagudas que yacen
poderosamente en frente de montañas coronadas de nieve y en el diverso
ecosistema que se desarrolla en el Parque.
Son 225.000 hectáreas (550.000 acres) de una belleza
prístina e indómita en uno de los lugares más remotos del mundo. Las torres de
granito, por las que el Parque obtiene su nombre, resaltan en un horizonte
salpicado de montañas. Pastando en las planas llanuras, se encuentran corriendo
felices algunas de las poblaciones más grandes de guanacos y pumas del mundo.
Elevándose alto en el cielo se encuentra el cóndor y más de otras 400 especies
de aves. Si tienes suerte, incluso puedes vislumbrar al huemul, el ciervo
andino nativo de la Patagonia que se encuentra en peligro de extinción.

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